Del Bajío a la Bahía


Al hablar acerca de mi historia, pues es fácil suponer que comienza conmigo; sin embargo, como yo no me hice a mí mismo, mi historia comienza con mis padres.

Mis jefitos, Virginia y Ismael, son el comienzo de mi historia. Comenzaré con la mayor, mi madre Virginia, el ser más emocional que conozco, pero también tuvo una vida muy difícil. Ella nació en 1952, en La Moncada, Guanajuato, México. Mis abuelos no tuvieron los medios para que mi madre o sus hermanos, mis tías y tíos, pudieran tener una vida sencilla. Ella logró llegar hasta segundo grado de primaria, pero dejó la escuela porque sus padres no tuvieron el suficiente dinero para seguir enviándola. En su lugar, ella aprendió a hacer tareas domésticas y, cuando era una adolescente, fue enviada a la ciudad de México para trabajar, básicamente, como empleada doméstica. Me parece que fue ahí donde aprendió todos sus buenos modales que, eventualmente, me enseñó a mi y a mis hermanos; no obstante, no estoy seguro si esto fue bueno o malo. De cualquier manera, creo que mi madre hizo lo mejor que pudo con lo que tuvo para sobrevivir. Durante su adolescencia, trabajó varios años en la Ciudad de México, y de vez en cuando, volvía a su ciudad natal. En esta época, conoció a mi padre, Ismael. Con el tiempo, comenzaron una relación, pero, de repente, la tragedia azotó la vida de mi madre. Un día, sufrió de una embolia, que paralizó una de sus piernas y deterioró su salud física y mental. Mi madre cayó en una profunda depresión, y, al día de hoy, esto la sigue afectando, así como a todos a su alrededor. Supongo que ahora es buen momento para hablar de mi padre un poco.

Mi padre se quedó con mi madre en los momentos más difíciles. Eventualmente, se casaron y terminaron teniendo 5 hijos. Antes de que se casaran, debo explicar un poco acerca de la infancia de mi padre. Él nació en 1953, en Indiparapeo, Michoacán, México. Su padre, mi abuelo, era panadero, por lo que tuvo una vida económica mucho mejor que la familia de mi madre; sin embargo, mi padre no creció con los suyos. Sus padres no pudieron criar a sus hijos, debido a que se enfrentaron a problemas con respecto a sus negocios y políticas; en cambio, metieron a mi papá y sus hermanos en seminarios, y después comenzaron a trabajar en la panadería de mi abuelo, en Guanajuato. Fue ahí donde, finalmente, conoció a mi mamá.

Se casaron a principios y mediados de los setenta. Su primogénito, José Francisco, murió tres días después de haber nacido. Uno o dos años más tarde, nació mi hermana, Paula, me parece que en 1975. Durante ese mismo tiempo, emigraron de Guanajuato a San Francisco, CA.

“Mi padre llegó primero y, posteriormente, mandó a traer a mi madre y a mi hermana. Se establecieron en el Distrito de la Misión, y fue ahí donde hicieron sus vidas.” Tuvieron a mi hermano, Edwin, en 1978; a José, en 1982; a mí, en 1990; y mi hermano menor, Trinidad, nació en 1992.

Yo no formé parte de toda la generación, o de dos generaciones, en mi familia, pero nací con los mismos problemas que afectaron a mi familia. Vivir en la pobreza; diferentes familias bajo un mismo techo; una madre deprimida; un padre alcohólico; hermanos que nos dejaron por pandillas. Nuestra mayor alegría era nuestra hermana, Paula, quien, a pesar de haber quedado embarazada a los 14 años, terminó la secundaria y también se casó. Se puso a trabajar y logró entrar a la universidad. Actualmente, es trabajadora social, pero le costó mucho llegar a ello. Tampoco quiero decir que todo fue malo, porque no fue así. Aunque éramos pobres y vivíamos hacinados en una casa, estábamos contentos y teníamos un montón de primos con quienes jugar. Y, aunque nuestro padre era un borracho, era cariñoso y nunca nos puso un dedo encima, bueno, al menos no a los niños.

 

El cronista Alfredo es aspirante a profesor y nativo del Área de la Bahía de California.

 

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