Vámonos para los Estados


Ya cuando el último niño tenía apenas un año de nacido, una señora que se fue de aquí de los Estados Unidos, que era vecina de nosotros, me dijo: Martha, vámonos para los Estados.

–Señora, yo no tengo dinero para irme para allá. Se gasta mucho dinero para ir al extranjero, le dije.

–Mira, me dijo, con poco dinero te vas.

En aquel tiempo era poco dinero, y pues mi cuñado, el hermano de mi esposo me dijo: Marta si tú te quieres ir para los Estados Unidos, yo te presto el dinero.

Él quería que dejara a su hermano porque me daba mucha mala vida. Y así fue. Hice el conecte y organizamos el viaje para acá.

Me vine por medio de una excursión que iba a Isla Mujeres, llegué aquí con una prima de mi esposo, el papá de mis hijos. Ella me recibió aquí en Estados Unidos. Ella me consiguió trabajo y trabajé. En aquel tiempo pagaban 40, 30 dólares a la semana, poquito dinero. Trabajaba cuidando a dos niños. El dinero de ahí se los mandaba a mis hijos para que se ayudaran porque el país de El Salvador es muy pobre. Fue un tiempo muy duro para mí dejar a mis hijos, dejé al niño de un año.

Al año pude empezar a ahorrar para traérmelos a todos. La señora donde yo trabajaba me dijo: No te preocupes de nada. Yo te voy a ayudar para que traigas a tus hijos.

Como a los cuatro años de trabajar con la señora me dio el dinero para que fuera a mi país para traerlos. Me traje a los seis hijos. No tenía documentos todavía, y aún así me los traje. Cuando llegué con mis hijos, la señora siempre me ayudó. Me aumentó el sueldo para que me ayudara yo con los gastos de los niños, todos pequeños.

“El niño que dejé de un año ya estaba grandecito. No me reconocía, y tampoco pensaba que era su mamá. No me dejaba tocarlo.

–No, decía, ella no es mi mamá.

–Sí, ésta es mamá, es nuestra mamá, le decían sus hermanos.

Con el tiempo, al niño lo convencieron. Le decían que yo era su mamá y se empezó a convencer más, pero me daba pena…”

Y ya los puse en la escuela. La señora donde trabajé me ayudó mucho económicamente. Me daba el mandado y me ayudó mucho para que se mantuvieran mis hijos. Así fueron creciendo y estudiaron, aprendieron inglés. Fueron creciendo y ahora ya son señores y ya están casados. Cada quien tiene su familia. el tiempo más crítico ya quedó atrás. Ahora me siento feliz porque todos están aquí. Ya son todos ciudadanos. Yo también ya soy ciudadana.

Le doy gracias a Dios primeramente y a todas las personas tan buenas que se portaron bien conmigo: mi patrona y la prima de mi esposo, quien también se portó muy bien conmigo. Estoy muy agradecida con ellas; siempre me ayudaron y me protegieron con mis hijos. Por ahora ya mis hijos también son felices porque dicen ¡Uy, mi mamá! Siempre piensan en mí, se sienten orgullosos que tienen una mamá.

Ahora ellos me dicen: ¡Ay, mi mamá! ¡La admiro tanto! ¡A pesar de tanto que sufrió para criarnos y traernos para acá!, ¡Ay mamá, siéntase feliz, salga con sus amigas, siga en su organización!, me dicen.

En el ’92 entré a la organización de Líderes Campesinas porque quería encontrar una organización para reconocer mi tiempo que perdí, que sufrí. Y aprender para poder ayudar a las demás mujeres que están pasando por las mismas situaciones que yo pasé. Gracias a Dios, como que Dios me puso esta organización y este tiempo. Hemos aprendido mucho y sigo aprendiendo más porque uno nunca deja de aprender cosas nuevas; para orientar a la comunidad y más que todo a las mujeres que están pasando por estas situaciones. Sé de muchos casos en los que han maltratado a la mujer e incluso hasta ha sucedido que la ha matado el hombre. También a nosotros nos ha tocado defender a hombres también. En fin, le doy gracias a Dios por haber encontrado esta organización.

 

La Cronista Martha nos dice: “Soy abuela de veinte nietos. Soy de Centro América, de El Salvador y estudié corte y confección.” Martha redactó esta historia durante el taller Líderes Campesinas: Sembrando el Futuro, realizado en Greenfield, California.

 

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