Sueños del rancho de fresas


Nunca recibí una explicación satisfactoria de mi padre de por qué nos desarraigó de San José (Ca.), en medio de mi cuarto año escolar y nos trasplantó a un rancho de fresas en Watsonville (Ca.).

“Era 1956 y mi Tía Alicia, Tío Antonio y sus siete hijas eran trabajadores del campo que vivían en una choza de tres dormitorios y un baño en un enorme rancho de fresas cerca de la autopista 1, el Océano Pacífico, en la comunidad agrícola de Watsonville.”

Papá y mi Tío Antonio construyeron una adición de una habitación a la choza existente de mi Tío. Hoy en día, se llamaría un “apartamento de eficiencia”. Tenía una pequeña cocina, mesa, sillas, una cama principal, una cuna para mi hermanito, un sofá cama para mí y mi perro, Mickey, y un televisor. Compartimos el baño con mi Tía, Tío y primas.

Noches escolares, nos formábamos como soldados fuera del baño y nos permitieron diez minutos para darnos un regaderazo para el día siguiente de la escuela. Dependiendo de su posición en la fila, determinaba si uno se tomaba un regaderazo caliente, tibio o frío.

Papá nunca nos dijo por qué nos mudamos allí. No nos mudamos allí para convertirnos en trabajadores del campo. Desde luego que no. Trabajé una breve mañana de rodillas recogiendo fresas y eso fue suficiente para mí. El trabajo fue engañosamente, brutalmente duro. Además, esto fue 1956 y a la altura del Programa Bracero. Había docenas de ellos trabajando junto a mi Tía, Tío y Primas en los campos.

Me hice mejor amigo del hijo del japonés que era el mayordomo del rancho de fresas. Se llamaba Henry Yoneyama. Henry y yo pasamos largos fines de semana en excursiones de cacería con nuestras pistolas de postas y perros de confianza a nuestros lados.

Siempre empacamos unos pequeños saleros de la marca Leslie en nuestros bolsillos. El dueño del rancho de fresas tenía un gigantesco huerto y Henry, y yo nos ayudábamos a sus deliciosos tomates madurados en vid y zanahorias dulces y los sazonábamos con nuestros pequeños saleros.

Nos hicimos amigos de uno de los chamacos braceros, Lucas. Lucas era rubio con ojos verdes y no hablaba ni una palabra de inglés. También era un tirador mortal con una honda, e hizo resorteras para mí y Henry. A menudo, Henry y yo cenábamos con Lucas en el comedor bracero ubicado en una colina. La comida generalmente consistía en frijoles, arroz con pollo, tortillas de maíz, pico de gallo y salsa. Fue una gloriosa y maldita comida gourmet.

A veces, por las noches, un par de braceros se ataban un par de guantes de boxeo y se ponían a boxear. En otras noches, tocaban guitarras y cantaban canciones mexicanas. Henry y yo nos sentábamos con ellos y lo tomamos todo con asombro y nos quedábamos impresionados. Fue una existencia idílica y como un sueño para un niño mexicano-americano de diez años de la ciudad.

Pero tan de repente como comenzó, llegó a su fin. Sin ninguna explicación, mi padre nos trasladó de nuevo a San José en medio de mi quinto año escolar. Durante los veranos posteriores, de vez en cuando iba a pasar una o dos semanas con mis primos, Tía Alicia, Tío Antonio y Henry Yoneyama en el rancho de fresas en Watsonville. Lucas había regresado a México. Nunca lo volví a ver.

Mi padre murió en 2016 a la edad de 94 años. Hasta el día de su muerte, nunca me explicó por qué nos mudamos a Watsonville o por qué volvimos a San José. Pero ahora, cuando recuerdo ese momento mágico de mi juventud, he llegado a aceptar que ninguna explicación era realmente necesaria.

 

El cronista Roberto Leal es un escritor independiente, nacido y criado en el Valle de Santa Clara (en California). Ambos lados de su familia son originarios del Valle del Río Grande. Ahora vive en San Antonio, Texas.

 

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