Las familias merecen estar unidas


Tengo 3 años y veo cómo los agentes se llevan a mi padre mientras mi madre intenta negociar su puesta en libertad. Grito de miedo, tanto por los acontecimientos que condujeron a su detención como por la idea de que nunca podré volver a verlo. Un agente entra en la cocina donde estoy llorando y me corta un limón espolvoreado con azúcar, me calma lo suficiente.

Tengo 6 años y la identificacion falsa de mi padre acaba de vencerse. Estamos en La Línea intentando entrar a Estados Unidos. Un agente de la patrulla fronteriza abre la fila y hace pasar unos 8 coches sin comprobar los papeles, nosotros pasamos justo a tiempo antes de que vuelvan a cerrar la entrada. Mi padre no ha vuelto a ver a su familia desde entonces.

Tengo 9 años y veo a mis padres cambiar de asiento en el coche tras un pequeño accidente. Ella está enfadada por tener que cargar con la culpa de su accidente, pero no hay alternativa. Si mi padre se hubiera quedado en el asiento del conductor, se habría arriesgado a que le pidieran una licencia de conducir que no tiene. El agente despide a mi madre con una advertencia. Nos quedamos en silencio durante el viaje de regreso a casa.

Tengo 12 años y se muere mi abuela. Mi padre no puede ir a su funeral y yo tampoco. Mi madre me deja atrás para cuidar de mi padre. Estamos en el porche y lo veo llorar por primera vez, no sé qué hacer así que me siento y lloro con él.

Tengo 15 años cuando mi Tío Pepe aparece en la puerta de nuestra casa con la ropa hecha a pedazos y el estómago gruñendo. No reconozco al hombre delgado que tengo en frente de mi como mi Tío, pero él me reconoce a mí. Mi padre lo lleva dentro y mi madre nos prepara una comida. Durante la cena nadie pregunta qué ha pasado, todos sabemos que ha sobrevivido al cruce de la frontera.

Tengo 18 años y mi Tío Pepe muere en México. Mi padre no puede ir a su funeral y yo tampoco. Esta vez, mi tío Dani viene a consolar a mi padre y me duermo con el sonido de sus llantos en la sala. Nadie me dice que tuvo una sobredosis hasta años después.

Tengo 21 años y estoy en mi último año de universidad. Defiendo los derechos de los inmigrantes al grito de “las familias merecen estar unidas” y, cuando miro a mi alrededor, sé que todos sienten lo mismo que yo. Se me salen las lágrimas al ver la pasión de todos. Todos estamos unidos en el amor y el dolor por nuestra gente. Los rostros que reconozco están llenos de esperanza, rabia y resistencia. Cantamos por los que hemos perdido, por los que siguen luchando y por los que nunca han tenido una oportunidad. Se me quiebra la voz y empiezo a temblar, pero sigo gritando: el silencio nunca nos ha salvado.

Aún tengo 21 años cuando mis padres me dicen que mi padre vuelve a México. Ya no es seguro ser indocumentado con antecedentes penales, si es que alguna vez fue “seguro”. Mi mamá me ha estado enviando fotos de todos los retenes que ve en nuestra área, el centro comercial Azalea, el centro comercial Stonewood, Florence St. Todos tenemos miedo, yo creo que las familias merecen estar unidas, pero mi papá cree que es más seguro irse por su propia voluntad que ser arrastrado esposado.

La cronista Clover es del sureste de Los Ángeles y estudia Estudios Chicana/o/x con especialización en Educación en la Universidad de California Santa Bárbara.

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