Empecé a trabajar en los campos de files a los 12 años de edad. Mi papa nos llevaba a mí y a mis hermanas en las vacaciones cuando se empezaba la pisca de la uva.
La casa de Nana era mi santuario y un mar lleno de muchos recuerdos amorosos. Sus rosas en el patio trasero dieron vida a los colibríes que se detendrían y el árbol de la mora dio a todos los nietos una montaña para escalar.