A la hora de la merienda alguien imprevisto siempre llegaba esperando poder compartir un poco de la deliciosa comida. Algunas veces, algunas de las mujeres que habían contribuido monetariamente a la comida desaprobaban por qué alguien que no había contribuido podía llegar y sentarse a comer. La respuesta de mi abuela siempre era que “un plato de comida no se le niega a nadie”.
