Mamá Carmela


Esa soleada tarde del primero de mayo, a todas las clases del tercer grado les asignaron bailar el baile del jarabe tapatío durante el festival de la escuela primaria. Era una de las pocas maneras en las que se le rendía homenaje a nuestra cultura en la escuela. Cada primero de mayo había una clase que representaba algo mexicano. Es posible que siempre haya sido el baile del jarabe tapatío porque no recuerdo ningún otro baile.

Los muchachos vestían camisas blancas y pantalones oscuros y las muchachas vestían blusas campesinas blancas y faldas largas. Antes de nuestra presentación, los maestros andaban de un lado para el otro arreglándonos a todos. A los muchachos les pusieron listones de papel crepé rojo, verde y blanco en los hombros para que parecieran sarapes; las muchachas tenían en el cabello flores coloridas de papel.

Después de nuestro baile, busqué a mi primo. Él era solo unos pocos meses menor que yo pero, en nuestra familia, nuestras madres nos inculcaron que los niños mayores deben cuidar a los menores. Encontré a Boy llorando en una esquina, cerca de la escuela Fairplay. No tuve que preguntarle por qué. Su camisa blanca estaba manchada de sangre, en donde la maestra Miss Ferris le había colocado el papel crepé con un segurito en la camisa que le penetró la piel. Le tomé de las manos y lo llevé con Mamá Carmela quien con una sola mirada bastó para habernos agarrado de las manos y salir enojada en busca de Miss Ferris. Mamá Carmela la encontró en el patio rodeada de treinta chicanitos vestidos en la versión de campesinos mexicanos de la escuela primaria de Morenci. Mamá Carmela empujó a un reacio Boy para encarar a Miss Ferris.

“Vea lo que le hizo a mi hijo”, dijo al soltarle las manos.

Yo estaba hombro a hombro con mi primo y le agarré la mano. Su mano sudada agarrada de la mía. Un poco más tarde, me di cuenta que su mano estaba mojada por la sangre que le escurría por el brazo pero no lo solté.

Miss Ferris, una mujer mayor y delgada con dientes chuecos, mal aliento y cabello canoso encrespado y tan escaso que casi se le podía ver el cuero cabelludo, intentó tocar el hombro de Boy. Nos alejamos de ella.

“Señora Salas, lo lamento”, dijo.

Miré de cerca sus acuosos ojos azules detrás de los lentes de armazón de acero y supe que no lo lamentaba. Miss Ferris era la maestra más mala en todas las escuelas de Morenci. Sus estudiantes, todos chicanitos, eran castigados por la menor infracción a sus reglas.

“Los pellizcaba, cacheteaba, picaba. Lo único que no hacía era darles nalgadas. Para eso enviaba a los niños con el director. Los estudiantes más grandes nos decían que ella solía azotarlos, pero que un día le pegó a un niño tan fuerte que lo tuvieron que hospitalizar. No sé si eso era verdad, pero no tenía permitido azotar y estábamos agradecidos por eso. Incluso cuando no estábamos en su clase, todos temíamos cuando ella estaba a cargo del recreo por temor a lo que nos hiciere si quebrantábamos las reglas.”

De por si ya era malo que nos lastimara físicamente, pero las cosas que nos dijo fueron crueles.

“Nunca llegarás a ser nada, a duras penas y puedes hablar inglés”; “es lo que esperaba de un mexicano”; “si no lo puedes decir en inglés, no vale la pena decirlo”.

En esta ocasión, Mamá Carmela la vio directo a los ojos y le dijo: “no creo que lo lamente. Creo que lo hizo a propósito”. Mamá Carmela agarró a Boy y le quitó el segurito de su camisa y de la piel. “Mire esto. ¿Cómo pudo no saber que le había entrado en la piel?”

Miss Ferris frunció el ceño. No le gustaba cuando la desafiaban. Yo temía por Mamá Carmela y todavía más por Boy quien tenía que estar en su clase al día siguiente. Miss Ferris contestó: “¿Cómo pude haber sabido? No dijo ni una sola palabra”.

“¿Por eso lo lastimó? ¡Vieja pendeja!” Mamá Carmela no estaba en realidad gritando pero hablaba lo suficientemente alto como para que las mujeres reunidas alrededor de nosotros la escucharan cuando fueron a recoger a sus hijos.

“¡Dile!” gritó una de las madres.

“Sí, dile”, respondió otra. Mamá Carmela no necesitaba ánimo. “¿Cree que porque nuestros hijos no dicen nada, puede salirse con la suya tratándolos peor que a los animales?”

Miss Ferris volteó la cabeza para mirar por encima del hombro. Se lamió los labios con un rápido movimiento de lengua, lo que me hizo pensar en una víbora.

Vi el temor en sus ojos cuando se dio cuenta que no había escape.

Detrás de mí, los niños murmuraban: “¡Pégale! ¡Pégale!” Yo también desee que Mamá Carmela le pegara. Observé a la multitud y vi que muchas de las madres tenían las manos con los puños cerrados.

Mamá Carmela señaló a Miss Ferris. Miss Ferris se sobresaltó como si le hubieran dado un golpe. “¿Piensa que no sabemos lo que dice y le hace a nuestros hijos? Esta es la última vez. ¿Entiende? Si otro niño llega a casa y le dice a su madre que usted le ha dicho o hecho algo malo, me tendrá que contestar a mí”.

Miss Ferris, se encogió ante nuestros ojos como la bruja malvada del Oeste cuando Dorothy le avienta agua. “Yo…yo…. yo…”.

“A mí también me tendrá que contestar”, gritó otra madre.

“Y a mí”, gritó otra.

Algunas de las madres más tímidas lo repitieron en voces más suaves.

Mamá Carmela agarró la mano de Boy y la mía y nos fuimos. Al mirar por encima del hombro, vi a Miss Ferris temblando en su vestido de nailon. El tirante de su fondo le colgaba de un brazo y el sudor le cuajaba a gotas en la cara. Parecía la bruja de Dorothy y el Mago de Oz.

Pensé: ¡Ding-dong! La bruja está muerta.

Mamá Carmela se fue del patio como una reina. Yo caminando igual de alta y derecha que ella. Incluso Boy caminó más derecho de lo que nunca antes lo había visto. Frecuentemente, cuando nos íbamos de la escuela estaba encorvado. Ese día, aprendí que podía y debía defender mis derechos sin importar cuánto miedo tuviera.

En las pocas semanas que quedaban en el periodo escolar, Miss Ferris no maltrató a ningún otro de los chicanitos. Al otoño siguiente, hubo una nueva maestra de tercer año. Nos dijeron que Miss Ferris se había jubilado, pero nosotros sabíamos lo que había pasado. Mamá Carmela había espantado a la vieja y mala bruja. Miss Ferris no volvería a lastimar a ningún otro chicanito.

 

La cronista Elena Díaz Bjorkquist es escritora, historiadora y artista en Tucson que escribe sobre su lugar de origen Morenci, Arizona. Bjorkquist es autora de dos libros, Suffer Smoke y Water from the Moon, y coeditora de dos antologías creadas por su colectivo de escritores Sowing the Seeds: Sowing the Seeds, una cosecha de recuerdos, y Our Spirit, Our Reality: our life experiences in stories and poems. El cuento de Mamá Carmela fue publicado originalmente en Our Spirit, Our Reality: celebrating our stories, editado por Elena Díaz Björkquist y Rosi Andrade, Wheatmark Press 2012. Elena es la moderadora de la página de Facebook de Poets Responding to SB 1070.

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